Rocío Márquez

Por: El niño. Andando por los campos marcheneros

Sala Paúl

Ciclo Alante y Atrás

Sábado, 21 de febrero, a las 19 horas

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FICHA ARTÍSTICA

Rocío Márquez Cante

Manuel Herrera Guitarra

Raúl Cantizano Guitarra Eléctrica

Antonio Montiel Batería & Percusiones

Niño De Elche Voces

Los Mellis Voces

Ángel Olalla Técnico P.A.

Benito J. Jiménez Diseño Iluminación y Video

Jorge Martínez Contratación y Producción

El Niño. Andando por campos marcheneros.

Rocío Márquez.

Lo que hace Rocío Márquez con El Niño de Marchena, Pepe Marchena, José Tejada Martín, es sencillamente magia. Magia blanca. No sólo resucitarlo, ni acordarse de él, ni actualizarlo. Algo más difícil esto de tratarle como a un contemporáneo. Pues sí, Marchena nos habla a nosotros, directamente. Rocío Márquez no hace de intermediaria, ni de médium. Se pone al lado de Pepe y canta con él. Es verdad que sólo oímos la voz, la afinación de Rocío, pero eso son cosas del presente inmediato. Escuchen atentamente, verán que cada letra y cada respiración han pasado por Marchena. Traducción de la tradición, con sus necesarias traiciones; que no hay otra manera, como bien decía Enrique Morente. Ya digo. Transmisión. Magia. Magia blanca.

A Marchena lo han vindicado y denostado por igual. No podemos ocultar que El Niño de Marchena ha sido despreciado, por muchos, por mucho tiempo. De nada servían las confesiones de Camarón como marchenero. De nada la reivindicación impecable de Enrique Morente y todos lo que en su estela siguen. Pero aquí no hay complejos. Toda la obra de Marchena es un caudal de inspiraciones. Aquí no hay diferencias entre lo viejo y lo nuevo. Eso lo ha aprendido perfectamente Rocío: el vanguardismo, el clasicismo, el mairenismo, el flamenquismo, el jondismo… todos mitos fantásticos, maravillosos. La intuición de Rocío ha sido otra y le ha llegado por el oído: un Niño Marchena que pueda oírse en mp3, naturalmente, sin aditivos innecesarios. Sin sobreproducciones. Ni una revista ni un ejercicio de nostalgia.

Fíjense, como ha hecho Rocío Márquez, en Los esclavos, un tema marchenero, inédito, que figura en este disco. No sabemos a ciencia cierta su procedencia, solo que salió de entre los papeles de El Gitano de Oro, rapsoda que acompañaba a Marchena en sus últimos días. La pornografía de su letra es tal, lo explícito de una situación gravosa de explotación colonial, que casi termina por ser una canción de denuncia. Marchena, con sus milongas, guajiras y colombianas había anticipado el mundo de García Márquez. Y es que, como Rocío ha adivinado, al presente se llega explotando las contradicciones.

Los excesos de Marchena eran un juego, en el sentido más infantil de la palabra. Lo que hacía con los cantes igual, mero juego, un para arriba y un para abajo lúdicos con los que ensanchar armonías, melodías y compases. Como Walter Benjamin hizo notar, los niños no conocen el peso de la historia, por eso juegan. Y esa liviandad era necesaria. Ya digo, no se trata de reivindicar a Marchena ni de homenajearlo ni de justicia poética alguna. A Marchena no le hace falta. Lo que Rocío Márquez ha hecho es tomarlo desde el placer del juego. Jugando por los campos marcheneros.

No estaba sola Rocío. Ha sabido rodearse de buenos compañeros en la partida. El clasicismo filológico de Faustino Núñez y el “buen metal” del sonido de Raül Fernandez Refree; las guitarras magistrales de los Manueles, Franco y Herrera, o la sonanta de Pepe Habichuela; la garganta, mejor dicho, las gargantas de El Niño de Elche, o el tres juguetón de Raul Rodríguez; y una voz aérea, la de Rocío Márquez, que esta vez se ha dejado rozar, hasta tocar tierra. Hay juegos que queman, claro. Nos recomiendan no jugar con fuego. Pero sí, Rocío lo ha hecho, y sin una quemadura, ni una quemazón pequeña. Georges Didi-Huberman evocaba a nuestra cantaora en el fondo de una mina, una musa ígnea a la vez que incombustible. Rocío se lo debe a las minas, a Chacón, a Marchena. Sale fina la voz desde oscuras galerías. Así, Pepe Marchena. Así, Rocío Márquez.

Pedro G. Romero