Un poco de historia: Ayuntamiento de Jerez - Página oficial

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Historia del Alcazar

Plano del recinto amurallado

El origen de la ciudad de Jerez es medieval. El apelativo "de la frontera" le fue concedido por el rey Juan I, en el año 1380. En época musulmana se denominaba Sharish Saduna. Con los datos actualizados que disponemos podemos remontarnos a finales del siglo IX o principios del X, aunque la mayoría de las construcciones islámicas que se conservan, corresponden a los siglos XII y XIII.

 

Jerez se sitúa sobre la margen izquierda del rio Guadalete. Dotada de un amplio término municipal, uno de los más grandes de España con 1189 kilómetros cuadrados. Ofrece una rica variedad de relieves y paisajes: la fértil campiña jerezana, las marismas, la cuenca del Guadalete y la sierra, por lo que no es de extrañar que en su termino se encuentren testimonios de vida humana desde la más remota antigüedad.

 

Esta zona fue intensamente romanizada, como prueba la existencia de la ciudad romana de Asta Regía a escasos kilómetros de Jerez, y que en la actualidad constituye el yacimiento arqueológico de Mesas de Asta, el más importante del término municipal.

Recinto amurallado de Jerez. En el vértice sur, el Alcázar
Imagen del plano de la muralla

Nos tenemos que remontar al año 844, para encontrar las primeras referencias en las fuentes escritas a Jerez. Con el fin del Califato y con la aparición de los reinos independientes de Taifas, Jerez era en está época, un pequeño núcleo urbano vinculado al Reino de Arcos. Pero a mediados del siglo XII, con el declive de los almorávides, Jerez logró independizarse por un corto periodo de tiempo, hasta la llegada de los almohades. Con ellos, la ciudad de Jerez y su alcázar, adquieren verdadera importancia política y económica, constituyéndose en este momento en un núcleo urbano de considerables dimensiones.

 

Es en este momento cuando se construye la muralla de la ciudad (existió un amurallamiento anterior, mucho más pequeño, y que desconocemos por dónde discurría exactamente)

 

La planta del recinto amurallado tiene forma de cuadrado irregular, con cuatro puertas que se abrían a cada lado de este cuadrado. El perímetro del recinto amurallado era de 3 kilómetros, y estaba jalonada de torres a tramos regulares. Las torres eran rectangulares y macizas hasta la línea de la muralla, excepto dos octogonales: una ubicada en el vértice sur del alcázar, que está perfectamente conservada, y otra en el recinto amurallado de la ciudad, en el ángulo formado por las calles Porvera y Ancha.

 

La ciudad estaba constreñida y delimitada por la muralla, ya que como cualquier ciudad medieval, independientemente que fuera musulmana o cristiana, debía cumplir dos requisitos fundamentales: ser fortaleza y mercado. Los muros eran sagrados y fuera de ellos no se podía vivir con garantías. Los accesos a la ciudad se hacían solo a través de las cuatro puertas, desde las que partían los caminos que conducían a las principales ciudades del entorno y que se cerraban de noche para mayor seguridad. Las puertas se abrían entre torres y nunca con acceso directo, sino que eran puertas en recodo, formando varios giros, de tal forma que formaban parte de las defensas de la ciudad.

 

El Alcázar

 

En el extremo sur del recinto amurallado, sobre la zona más elevada del casco histórico, se levanta el alcázar. La ubicación no fue elegida al azar, ya que desde aquí se tiene un completo dominio de la ciudad y de su entorno.

 

El Alcázar formaba parte de las defensas de la ciudad, aunque independizado y protegido por sus propias murallas, torres, y dos puertas, una que comunicaba directamente con la ciudad, y la otra situada en el extremo opuesto, que daba al exterior, al extramuros, de tal modo que se encontraba aislado y cerrado por sus propios muros del recinto urbano.

 

Las defensas eran fundamentales en una fortaleza que era la sede del poder político y militar. Los almohades, pueblo procedente del Norte de África, que llegaron a la Península imbuidos por su profunda fe religiosa, y completamente convencidos de que con su lucha y renovado credo pararían el avance de los reinos cristianos del norte, fueron verdaderos maestros en este tipo de edificaciones militares, de tal modo que sus fortalezas eran prácticamente inexpugnables.

 

El Alcázar tuvo originalmente 12 torres, de las que se conservan siete, algunas muy modificadas por las reparaciones y diversos usos de que han sido objeto a lo largo de los siglos. Así mismo se conservan las dos puertas que tuvo originalmente, la puerta de la ciudad, que comunicaba directamente con la medina, de carácter más representativa y monumental y la segunda puerta, la del Campo, que daba al extramuros, fuera de la ciudad. Esta segunda puerta constituía un punto vulnerable desde el punto de vista defensivo, por eso se diseñó formando un triple recodo, abierta entre torres, con un pasillo muy angosto y con bóvedas a gran altura.

 

Las construcciones islámicas que se conservan son del periodo almohade, siglos XII y XIII, aunque el interior del recinto se ha visto muy modificado por las intervenciones y modificaciones que desde el siglo XVIII hasta nuestros días se han llevado a cabo en el interior.

 

El Alcázar tenía funciones defensivas y militares primordialmente, pero también residenciales, ya que era la residencia del Wali en periodo almohade, y después en época cristiana de los alcaides.

Ilustración de la Torre del Homenaje

 

Jerez se incorpora definitivamente a la corona de Castilla tras la toma de la ciudad por el rey castellano Alfonso X y tras una violenta revuelta, conquistando definitivamente la ciudad el 9 de octubre de 1264. Jerez se rinde a las tropas castellanas, siendo expulsados todos los habitantes islámicos que buscaron refugio en poblaciones cercanas o emigraron a África.

 

El Alcázar pasó a ser propiedad del rey, se convierte en residencia de los alcaides que debían custodiarlo y conservarlo para la corona, jugando desde este momento un importante papel en la defensa y organización de la frontera.

 

A medida que la frontera se va alejando y el peligro constante de los ataques de los ejércitos musulmanes va desapareciendo, sobre todo a partir de la Batalla del Salado, librada en 1340, es cuando comienza a crecer la población, se puede poner en cultivo la fértil campiña jerezana y la economía comienza a despegar desde mediados del siglo XIV a finales del XV.

 

Motivado por esta relajación y sin la constante preocupación de conflictos y guerras, comienza en el Alcázar un periodo de franco deterioro y abandono, ya que los alcaides que debían conservarlo para la corona, hacen dejación de sus funciones.

 

En el 1470, comienza otro periodo de reformas y actividad en el Alcázar, emprendidas por D. Rodrigo Ponce de León, cuando fue nombrado corregidor de la ciudad y alcaide de esta fortaleza, realizando importantes obras de mejora y reparaciones en el alcázar, en sus murallas y torres muy deterioradas ya en este momento, siendo lo más destacado de esta etapa la construcción de una torre en el ángulo occidental del Alcázar, la denominada Torre del Homenaje o Torre de Ponce de León.

 

El concepto de esta torre es de torre del homenaje, ya que además de ser concebida como último reducto defensivo en caso de asedio, tiene también funciones residenciales, porque podía alojar a una guarnición militar en su interior y servía de residencia de D. Rodrigo cuando se encontraba en la ciudad, ya que disponía de aposentos privados.

 

Durante los siglos XVI y XVII se vuelve a un estado de ruina y abandono. La conservación y el mantenimiento de la vetusta fortaleza y la reparación de sus muros y torres, ya no interesaba en una fortificación que se consideraba obsoleta para esa época, y los informes emitidos y documentos conservados, hablan del estado ruinoso en que se encontraban la mayoría de edificios y muros del Alcázar.

Imagen alzado palacio de Villavicencio

Este grado de deterioro, culminará al finalizar el siglo XVII, donde volverá a resurgir una nueva etapa de brillantez y esplendor en el Alcázar. Por Real cédula expedida por Felipe IV la tenencia del Alcázar pasa por juro de heredad, a Don Lorenzo Fernández de Villavicencio, uno de los linajes más poderosos e influyentes de Jerez y que emprenden una serie de importantes reformas en el alcázar, entre lo que cabe destacar la construcción del molino de aceite y el Palacio de Villavicencio, palacio barroco construido para residencia de esta familia sobre las ruinas del primitivo palacio islámico.

 

Con la edificación de este palacio y con la ocupación continuada por sus propietarios, el Alcázar vuelve a recuperar parte de su antiguo esplendor.

Imagen del Fondo Díez Lacave

Los descendientes de D. Lorenzo Fernández de Villavicencio, los Duques de San Lorenzo, habitaron en el Alcázar hasta el año 1926, momento en el cual y de nuevo debido al estado de abandono en que se encontraba, se vende el alcázar por 176.000 pesetas, al industrial bodeguero perteneciente a la alta burguesía jerezana, D. Salvador Díez y Pérez de Muñoz, quien acomete una serie de reformas y obras en este recinto del Alcázar, encargando el proyecto al arquitecto D. Teodoro Anasagasti.

 

El Alcázar de Jerez fue declarado monumento histórico-artístico por el gobierno provisional de la República en el año 1931.

 

La propiedad pasó después de la muerte de D. Salvador Díez a sus herederos, quienes la mantuvieron hasta finales de la década de los sesenta del pasado siglo XX, pasando en este momento a ser propiedad municipal, ya que el Ayuntamiento realiza la compra en 1968 y se acometen las primeras intervenciones y restauraciones de carácter científico, siendo la primera la dirigida por el arquitecto D. José Menéndez Pidal que interviene en la mezquita.

 

El Alcázar de Jerez se abre al público en mayo de 1998. Desde el momento en que pasó a ser propiedad municipal, el Ayuntamiento de Jerez tomó la firme determinación de recuperarlo para la sociedad y para su puesta en valor y en uso. Desde entonces, y en sucesivas campañas, se han realizado obras e intervenciones tendentes todas ellas a la recuperación integral del Conjunto Monumental.

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